Nota de la directora
La semana pasada, el Fresno Bee publicó un artículo de opinión que escribí en contra de las propuestas para ampliar el suicidio asistido por médicos en California, propuestas que el Los Angeles Times defendió en un editorial reciente. Te animo a que leas mi artículo aquí.
El artículo al que respondí fue alarmante no solo por su contenido, que propone ampliar la elegibilidad para el suicidio asistido de pacientes con un diagnóstico terminal de 6 meses a quienes tienen un diagnóstico de 12 meses, incluyendo a personas con Alzheimer y ELA, sino también por su fuente, el LA Times. El Times es el periódico más grande del estado, y su consejo editorial tiene muy buenas conexiones con los legisladores y promotores de políticas en Sacramento. Estoy convencida de que las ideas de ese editorial se van a presentar como propuestas legislativas a principios de 2019.
Muchas veces cuesta oponerse al suicidio asistido, porque nuestra cultura le da tanta importancia a la libertad individual y a la autonomía. ¿Cómo argumentamos en contra? Pensémoslo un momento.
Nuestras leyes y políticas públicas parten de la idea de que la vida humana tiene una dignidad y un valor enormes, y de que el poder del estado debe proteger a todos de los actos de violencia privada. Cuando nos desviamos del ideal de un gobierno que protege toda vida humana inocente, el resultado son atrocidades.
En Estados Unidos, la esclavitud fue el ejemplo más claro de esa falla moral. El problema central de la esclavitud era legal: los esclavos no tenían ninguna protección legal frente a los actos de violencia privada, y el estado no los protegía del daño físico. El aborto legalizado se ha convertido en la desviación más atroz de ese ideal en nuestra época.
El deber del estado de proteger la vida humana de la violencia privada también abarca la violencia contra uno mismo. Por eso nuestras leyes, políticas públicas y protocolos policiales autorizan tanto a los particulares como a la policía a impedir por la fuerza que alguien se quite la vida. Castigamos a quienes ayudan a otros a suicidarse como cómplices de homicidio. Toda vida humana es valiosa, aun cuando una persona no vea el valor de que su propia vida continúe.
El suicidio asistido legalizado altera el ideal de un gobierno que protege toda vida humana. Parte de la idea de que algunas vidas (en California, las de quienes tienen un diagnóstico terminal de seis meses) merecen menos protección. Una vez que cruzamos esa línea y definimos a algunas personas al final de la vida como menos que humanas, la categoría se amplía para incluir a aquellas cuyo cuidado al final de la vida resulta especialmente pesado. Por eso quienes defienden a las personas con discapacidades físicas y mentales se oponen de manera tan unánime al suicidio asistido y a la eutanasia: esas personas tienden a convertirse en el blanco de la muerte “compasiva”, como está pasando ahora mismo en Bélgica y los Países Bajos.
El martes pasado, la nación lamentó el fallecimiento de la ex primera dama Barbara Bush a los 92 años. En sus últimos días, la señora Bush decidió rechazar más tratamiento médico para la insuficiencia cardíaca congestiva y la enfermedad pulmonar obstructiva crónica que padecía. Ella mostró la diferencia entre el suicidio asistido, en el que el ser humano se quita la vida de manera activa, y la práctica legítima de rechazar medios extraordinarios de cuidado y aceptar la muerte cuando llega.